Del aula al mundo: conversamos con Silvana Rufini, bióloga comunitaria, sobre ambiente y ciencia
Del aula al mundo: conversamos con Silvana Rufini, bióloga comunitaria, sobre ambiente y ciencia
¿Cómo se relacionan los contenidos que estudiamos con los desafíos del mundo real? Desde El Mariano Moreno creemos que aprender también es conocer las experiencias de quienes investigan, trabajan y construyen respuestas a las problemáticas de nuestra sociedad. Por eso, inauguramos este ciclo de entrevistas en el que conversamos con profesionales de distintas áreas para conectar los contenidos de las materias del bachillerato para adultos con situaciones concretas.
En esta oportunidad, abordamos el vínculo entre ambiente y salud y los conflictos que surgen en la construcción de un desarrollo sustentable. Este es uno de los ejes problematizadores definidos por la provincia de Buenos Aires en los nuevos diseños curriculares para adultos. Para explorar la temática, entrevistamos a Silvana Rufini, bióloga comunitaria, y conversamos sobre educación ambiental, investigación participativa y la importancia de integrar los conocimientos científicos con los saberes de las comunidades.
Silvana es profesora en Biología por la Universidad Nacional de Córdoba, docente de Educación Ambiental en la Tecnicatura Universitaria en Guardaparques de la Universidad Provincial de Córdoba y secretaria de Extensión de esa facultad. Desde su trabajo en ecología, conservación y educación ambiental, propone una mirada que integra distintas disciplinas y pone en valor los conocimientos construidos en los territorios.
¿Qué significa trabajar en problemáticas ambientales desde una mirada interdisciplinaria?
Cuando empecé a trabajar en cuestiones ambientales desde la Biología, me di cuenta de que me faltaban muchas cosas. Además de los conocimientos sobre los ecosistemas, está la gente, que también es parte de esos sistemas. Tenemos una cultura, una forma de vida y una manera de vincularnos con los demás seres del territorio. Cuando el concepto de “ambiente” se considera de esa manera, la interdisciplina queda corta. Estamos en la transdisciplina, que implica usar todos los saberes disponibles en las comunidades (científicos, tradicionales, históricos y ancestrales) para resolver los problemas actuales. La ciencia produjo conocimientos muy valiosos, pero hay otros saberes que sus metodologías no siempre alcanzan a mirar. Algunos son incluso más antiguos que la ciencia. Aprender a generar conocimientos entre disciplinas es un primer paso; después hay que aprender a dialogar con las comunidades.
En esta línea transdisciplinaria, ¿cómo se vinculan la biología y la educación ambiental?
La Biología permite conocer cómo funcionan otras especies y los ecosistemas. Al comprenderlos, podemos entender que también formamos parte de ellos. No puede haber educación ni trabajo ambiental sin personas que conozcan de Biología, pero tampoco sin personas que conozcan a la gente y comprendan cómo funcionamos como comunidad.
La “investigación participativa” a la que te dedicás, ¿se relaciona con la “observación participante” de la Antropología?
La “observación participante” consiste en que una investigadora o investigador que no pertenece a una comunidad, participa de su vida cotidiana para comprenderla mejor. La investigación-acción participativa va más allá: propone hacer un proceso de investigación en conjunto. La comunidad y el equipo se hacen preguntas, diseñan formas de relevar información o experimentar, reflexionan sobre los resultados, sacan conclusiones y construyen acciones para resolver los problemas.
La “investigación participativa” busca generar conocimiento con otras personas, no sólo entre científicos. Abre el proceso a quienes no necesariamente forman parte de la ciencia y propone un diálogo de saberes que es un desafío enorme. El marco teórico es la investigación-acción participativa, porque el conocimiento se genera mientras se actúa en el territorio. Esto cuestiona la idea de que el investigador es objetivo y no influye en su objeto de estudio.
Es una mirada más horizontal, de construcción colectiva, en vez de alguien que se considera dueño del saber y viene a impartirlo…
Exactamente. Algunos autores hablan de “justicia cognitiva”: la verdad no la tiene solamente la ciencia. Suele haber una mayor legitimidad del saber técnico y académico frente a los conocimientos comunitarios y ancestrales, pero esa supremacía también fue una imposición. La ciencia es valiosa, y también lo son los saberes construidos en los territorios. La investigación-acción participativa busca ponerlos en valor, democratizarlos y generar nuevos conocimientos a través del diálogo.
¿Qué problemáticas ambientales aparecen con más frecuencia en los proyectos en los que trabajás?
Trabajo en la ciudad de Córdoba y en otras ciudades serranas, medianas o pequeñas. También tengo experiencias en zonas rurales con poca intervención humana y en Catamarca. En las grandes ciudades, una de las problemáticas más frecuentes es el acceso al agua con justicia social: quiénes acceden, quiénes no y en qué condiciones están esos barrios y comunidades. También están la contaminación del agua y la gestión de residuos, con basurales que colapsan y superan la capacidad de los gobiernos locales.
Cada vez se ven más problemas vinculados al cambio climático. La gestión del riesgo es urgente para las comunidades vulnerables. Las crecientes, las olas de calor y de frío y los vientos destructivos pueden causar daños de infraestructura, accidentes y colapsos de servicios como el agua y la electricidad. El impacto no es igual para todas las comunidades: algunas tienen muchas menos herramientas para afrontar estas situaciones.
En las zonas rurales, una problemática central es la pérdida de vegetación nativa. Esto afecta especialmente a comunidades que dependen del ambiente, que son vulnerables a la extinción de especies y a la pérdida de servicios ecosistémicos. Hay familias que se alimentan de la carne del monte, pero ¿cuánto monte queda? En Córdoba aún quedan lugares íntegros que deben protegerse.
También hay despoblamiento rural. Cuando la gente se va a las ciudades, se pierde conocimiento sobre cómo vivir en el monte y vincularse con otras especies. Es un saber que no está documentado. Como educadora ambiental, creo que es fundamental recuperar la memoria de las personas mayores sobre cómo era el territorio antes: necesitamos ese conocimiento para restaurar y conservar los ecosistemas.
¿Podés contar un proyecto en el que se hayan vinculado el conocimiento científico y los saberes comunitarios para generar cambios?
Un ejemplo es el plan de uso público de la zona de riesgo del cerro Champaquí, el cerro más alto de Córdoba. Cada vez se ofrece más turísticamente y también hay muchas personas que quieren llegar a la cima. Por sus condiciones de montaña y clima, la gente se pierde o se accidenta y se activa un sistema de rescate.
La zona está declarada de riesgo por ley y forma parte de un área protegida provincial muy importante: la gran cuenca hídrica de Córdoba, que riega los llanos de más de la mitad de la provincia y llega hasta la laguna Mar Chiquita, un humedal estratégico para Latinoamérica. Estamos elaborando el plan para la Secretaría General de Ambiente de Córdoba. Es una tarea compleja porque integra ambiente, conservación, turismo y gestión del riesgo.
En la montaña vive gente desde hace mucho tiempo. También hay una comunidad local ancestral, con actividades vinculadas al valle, y familias que mantienen prácticas ganaderas y usos históricos de la tierra.
El desafío es integrar los conocimientos técnicos del turismo, el ambiente y la conservación, las metodologías de planificación de áreas protegidas y la gestión del riesgo. No alcanza con contar accidentes o evaluar senderos para garantizar la seguridad de las personas: también hay que considerar el ambiente, las especies y la cuenca. Y hay que escuchar a quienes viven allí, con sus intereses y opiniones sobre cómo gestionar el lugar.
Estamos terminando este primer plan, que por primera vez plantea una metodología más abierta y participativa. Generamos instancias de escucha y discusión con quienes viven en la zona, con guías del Champaquí y con prestadores turísticos. En el intercambio aparecen lugares sagrados y sitios de los pueblos originarios, así como propietarios que quieren o no que la gente pase por sus terrenos. Hay un marco legal que debemos respetar y que también puede servir para fundamentar decisiones. La idea es evitar que la planificación sea una imposición.
¿Qué lugar ocupa la educación ambiental en la construcción de una ciudadanía más responsable?
Es necesaria para construir criterio, tomar decisiones y participar activamente en las políticas públicas ambientales. Sin una ciudadanía formada, el poder de acción es limitado. La Ley de Educación Ambiental Integral propone que no se trabaje solamente en escuelas, sino de forma transversal en todas las materias y también en espacios no formales e informales. La responsabilidad es compartida entre organizaciones, administraciones públicas y gobiernos de distintos niveles.
La ley propone una educación contextualizada, ligada a las problemáticas e intereses del territorio. También incorpora los saberes ancestrales, los pueblos originarios y la perspectiva de género. Ojalá se implemente bien: es una política pública específica de educación ambiental a nivel nacional.
En las clases aparece mucho la idea de que nos alejamos cada vez más de la naturaleza: del contacto cotidiano con las plantas, los animales y el río. Necesitamos volver a conectar la naturaleza con la vida cotidiana. Un estudiante me dijo una vez: “Vos te formaste cuando los lugares todavía estaban en buen estado de conservación y había tiempo por delante. Nosotros vivimos el colapso, la distopía, la catástrofe; sentimos que solo nos queda la desesperanza”. Tenía razón. Como docentes, tenemos que preguntarnos cómo construir esperanza e imaginar algo mejor.
Creo que la distopía también es un discurso construido. En nuestros territorios suceden muchas cosas valiosas que no siempre se cuentan. Hay algo que se cultiva cuando conversás con una persona mayor sobre las medicinas del monte o salís a caminar con alguien que te muestra la peperina y te cuenta cómo era el lugar antes. Eso también es verdad. Hay posibilidades esperanzadoras: la historia se construye y podemos construir otros mundos posibles.
¿Cuál te parece que es el impacto ambiental de la inteligencia artificial?
No soy especialista en el tema y todavía no sé cómo usarla sin que me quite capacidad de razonar, mis tiempos de trabajo o mi capacidad de aprender. Sé que tengo que incorporarla como herramienta profesional, pero no conozco en detalle sus impactos. Sé que los centros de datos usan agua para enfriar los equipos. El agua puede pasar por sistemas ajenos al cauce natural, reducir el caudal disponible, afectar la biodiversidad y alterar la dinámica de los cursos de agua.
Lo que más me preocupa es que la IA nos desconecte de las personas y del entorno. Los algoritmos pueden dar más importancia a la información que se repite con mayor frecuencia y eso podría homogeneizar nuestros saberes y nuestra forma de pensar. Podemos pedirle que considere fuentes alternativas y más diversidad, en lugar de responder desde un promedio.
Tenemos que usar la IA como una herramienta al servicio de lo que queremos hacer. Las decisiones y los criterios debemos construirlos nosotros. No puede resolver todos nuestros problemas: no todo es racionalidad, matemática y escritura.
¿Qué desafíos y oportunidades ves para las nuevas generaciones de profesionales del campo ambiental?
Me parece importante una formación integral. Es difícil encontrar una carrera que abarque toda la complejidad del trabajo ambiental, así que hay que construir el propio recorrido y sumar herramientas de distintas disciplinas. También hay que reconectar con los saberes familiares y tradicionales, tener calle y tener campo. A la universidad le falta territorio. No alcanza con trabajar desde una computadora con una inteligencia artificial: necesitamos conocer los territorios.
También hay que bajar la escala de acción. Muchas veces pensamos y analizamos a escala global, y eso genera una distopía enorme, como si nada de lo que hagamos pudiera cambiar la tendencia. Volver a lo local, a la regionalización y al territorio cercano hace que la transformación sea posible a través de la acción comunitaria. La acción individual no modifica más que al individuo; para transformar y resolver problemas necesitamos empezar en comunidad.
Como desafío profesional, creo que se trata de formarse en la complejidad, recorrer el territorio e involucrarse con otras personas. Así, las cosas empiezan a tener sentido.
